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Dice
el poeta que la belleza no está en el paisaje sino en los ojos de
quien lo mira. Es cierto. Cuando
llegas a Villafranca, sin esperarlo, parece que los ojos se
te llenan de belleza y que no existe rincón o callejuela en la que
no miren un detalle hermoso.
Puede
que sean sus ojos pero
no dejan indiferente al visitante la bienvenida con la que es
recibido por la
majestuosidad del Castillo, en parte habitado en parte olvidado. O
la serenidad de sus iglesias, que hasta ocho se han contado:
Santiago, San Francisco, San Nicolás, La Anunciada, La Colegiata,
Convento de la Concepción, convento de San José y el de Divina
Pastora . |
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Todas
ellas mostrando orgullosamente sus tesoros a quien los sepa
descubrir aún no siendo experto: Genialidad del románico en
Santiago, artesonado mudéjar en San Francisco, el Cristo de la
Esperanza en San Nicolás, pinturas
en La Anunciada, el
coro de los canónigos en La Colegiata, paz y clausura en La
Concepción, retablo barroco en San José y
en la Divina Pastora.
La
mirada se revuelve y se ciega de color al pasear por el laberinto de
mirtos del Jardín de la Alameda. Y recorriéndolo con dulzura, colmándose
de paz, descubrirá el visitante “La Meona” o “La Chata” según
prefiera recordar, la fuente que sin cesar su tintineo, ha
permanecido tanto tiempo testigo de amores adolescentes.
Un
poco más allá, en la Plaza Santa Catalina, inicio de la Calle del
Agua, retiene al
visitante por un
momento, la mirada de una calle plena de historia, que embelesa al
pasearla por sus piedras, algunas viejas y algo olvidadas, algunas
señoriales y coquetas.
Pero
es ante la belleza del
río Burbia, cuando esos ojos que miran se embriagan de verdad. El
ronroneo de sus aguas acuna al visitante durante el camino que
acompaña al río desde su nacimiento. Entonces, se dejará mecer
por su armonía, o se rendirá al antojo de un baño en sus frías
aguas.
Y
cuando al fin abandonas la villa, el esfuerzo por mantener esos ojos
llenos de belleza para continuar gozándola, se diluye en lágrimas
de añoranza.
Cada
rincón, cada piedra, cada persona que el visitante se encuentre en
Villafranca , no le dejará indiferente, aun cuando se le antoje
volver, porque la mirada, como dijo el poeta, nunca se repite, y en
Villafranca la mirada
nunca se repetirá.
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